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Saturday, January 30, 2016

Una ciudad desde el insomnio



Mansoura Ez-Eldin


El Cairo | Febrero  2013

En su relato “El lenguaje del ay ay”, Yusuf Idris escribe sobre un hombre pobre de cincuenta años que no para de proferir gritos y lamentos.

Este enfermo de Idris me viene a la mente en muchas de mis noches de insomnio. Más concretamente, es su lamento el que retumba en mi cabeza como si fuera una presencia real, mientras aguzo el oído hacia la ciudad afuera.

Trato de escuchar las voces de la noche, esas que ya no me llegan en forma de murmullo vago, como antes. El estrépito de los fuegos artificiales se ha convertido en un compañero nocturno habitual. Evoca el sonido de los chaparrones de plomo que caen en otros lugares, el de los gritos entrecortados del detenido al que torturan en una comisaría, la voz de un niño que no cesa de llorar, la de un anciano que se parece al hombre atormentado de aquel relato de Idris.

Se me figura que el propio Cairo es este enfermo, y que lanza sus lamentos como un héroe trágico condenado por su destino. Porque esta ciudad que no duerme, esta fiesta nocturna que enlaza la noche con el día, no deja de repetirse a sí mismo ni de difundir sus lamentaciones y tormentos.

Pero “fiesta nocturna” no parece el término apropiado. Esto no es una fiesta. “Insomnio” es una palabra más exacta para toda esta expectación, esta violencia tergiversada que escupe la ciudad.

La ciudad de los soñadores y de los asesinos, de los temblorosos y de aquellos que se sumergen en la “comodidad” de su despreocupación. Le pega que custodie su propia fatiga día y noche, sin atender a lo que ocurre fuera de ella. Mata el sueño y se subyuga a sí misma antes de que lo hagan los demás. Persigue a sus mejores hijos hasta que se convierten en cadáveres lanzados a la cuneta de las autopistas o a las montañas de basura o a los bordes del desierto.

Ellos han entregado sus almas tras la tortura que desgastó sus cuerpos y los tornó en escombros. Ahora le llegan sus últimos lamentos a la ciudad, y ésta mira hacia otro lado,  con la vista puesta en un pasado del que solía presumir.

La ciudad cierra sus oídos; ahí se agiganta el lamento más y más hasta que sus ecos retumben en todos los rincones. Deja a la gente sumergida en el intento de discernir las voces y clasificarlas. Este es el sonido de los fuegos artificiales, tan familiar. Y aquello los disparos al aire. Aquel otro es una explosión, aunque dirá el portavoz militar que ha sido resultado de un procedimiento rutinario para deshacerse del stock de armamento caducado… Es de naturaleza distinta a la del estruendo aterrador de aquella mañana que destrozó los cristales de las ventanas y hizo despertarse a los niños sobresaltados. Y a la que el mismo portavoz achacaba a un caza militar que rompía la barrera del sonido durante unas maniobras del Ejército, a la vez que pedía a los ciudadanos “que no se molesten por esos procedimientos”, como si les dijera: “Viviréis muchos años con estas explosiones cuyas causas no conoceréis”.

Recuerdo que alrededor de finales del primer año de la Revolución, durante uno de los enfrentamientos violentos entre los revolucionarios y los militares, un amigo que estaba de visita en El Cairo me contó que desde su hotel, situado cerca de la plaza Tahrir, podía distinguir fácilmente los diferentes tipos de disparos. Incluso podía discernir qué disparo había dado en el blanco y cuál había errado para perderse en el aire. Cuando observó mi sorpresa, me recordó con cierto orgullo que él, como periodista, había cubierto guerras civiles y batallas desde África hasta América Latina.

Ahora me ha tocado a mí el turno de acostumbrarme a clasificar los sonidos que me llegan e intentar diferenciar el traqueteo de los fuegos artificiales de otras supuestas explosiones.


Por fuerza de la costumbre, todos estos sonidos continúan como una música gráfica que pone marco a los detalles de la vida. Uno es la voz de lamento que me persigue en las noches de El Cairo sin que me pueda acostumbrar a ella ni habituarme. Se me desvanecen las facciones imaginadas del héroe de Yusuf Idris que convirtió los suspiros en un sustituto de idioma. Y se me aparece Mohamed al Yundi al que la tortura salvaje le cambió los contornos del cuerpo y el rostro. Todo lo acompaña la voz del niño Omar Salah, el vendedor de patatas, que repite la frase que es lo más similar a un puñetazo en nuestras caras, las de todos nosotros: “Estoy harto de este curro y necesito cambiar como sea”. Cuando lo alcanzan dos balas traicioneras de un soldado al que no le importa el dolor entre los pliegues de las palabras.

Publicado en Al Modon  •  19 Feb 2013 • Traducción del árabe: Ilya U. Topper/Belén Fernández Escudero

Via: m'sur

Thursday, January 28, 2016

Lo que oculta la fotografía


Mansoura Ez-Eldin


El Cairo | 27 Febrero 2013

Hay una fotografía. Muestra una pizarra de madera verde, en la que lo primero que llama la atención son las palabras escritas sobre ella: “La educación es un derecho de todos”.

Quien lleva la pizarra en la mano es un chico vestido de negro, que oculta su rostro con la otra mano. Tras él se observan los postes rotos de un portería de un campo fútbol y un soldado de la Seguridad Central sentado sobre una silla; el fuego consume la otra portería, tirada lejos de su emplazamiento original. A la izquierda de la imagen, la cámara ha congelado el movimiento de unas siete personas.
El lugar es el patio de una escuela en llamas, aunque el incendio sólo aparece en la imagen como un atisbo de llamaradas, en su mayor parte tapadas por la pizarra y el chico que la lleva.  El patio nos hace recordar que el juego, al igual que la educación, es un derecho de todos.

Justo detrás de las siete personas se observan las palabras “El castigo o el caos” y como no ha habido castigo hasta ahora, deducimos que es el caos que aquí hace acto de presencia. El estado del patio nos indica que lo que hay escrito en el muro es una advertencia o amenaza que se ha convertido en una realidad.

Hay otras imágenes, que muestran con más claridad el incendio que arrasó los dos colegios veteranos “Liceo de la Libertad” y “Al-Huiati” el pasado día 26 de enero. Algunas muestran trozos que han sido devorados por completo por el fuego, o libros y cuadernos convertidos en combustible. Sólo que esta foto en concreto, por las palabras escritas en la pizarra verde, se ha convertido en un icono momentáneo en facebook, habiéndose publicado más de quinientas veces en sólo dos días, antes de desaparecer antes de desaparecer – como es habitual en este medio – y ceder el espacio a nuevos conflictos que tampoco tardarán en ser olvidadas a su vez.

Algunos, seducidos por lo bien que encajaba lo del “Derecho a la Educación” con los objetivos de la Revolución, fueron suponiendo que al joven se le había impedido concluir sus estudios y que por eso se había unido a las manifestaciones, levantando esta pancarta en la cara de los tiranos que le habían robado sus derechos. Una interpretación romántica, que se repite en la mayoría de las páginas de Facebook, con adornos imaginarios que varían de una persona a otra.

Como reacción a ese ardor revolucionario, otros – entre ellos algunos que dicen haber estado presentes en el momento del incendio de los dos colegios – afirman que el héroe de la instantánea era un baltaguí [sicario] que estaba participando en el saqueo de los bienes del colegio El Liceo y lo que portaba no era una pancarta de protesta sino parte de su botín.

¿Un rebelde o un baltagui? No lo sabemos pero casi diría que no tiene importancia. Lo importante es que, en este preciso momento, hay estudiantes a los que temporalmente se les priva de su derecho a la educación no sólo por causa del incendio, sino porque la policía se enzarzaba en los dos colegios para pegar a los estudiantes durante los días siguientes.

¿Rebelde o baltagui? La pregunta se irá desvaneciendo y desaparecerá con el tiempo. Quedará una moraleja que nos avergüenza por su obviedad, y una fotografía cargada de significado, a la que no le quita ni le resta impacto la idea de que muestre a un supuesto ladrón. Más bien al contrario: esto le añade a la imagen sorna y carga interpretativa; parece como si nos sacara la lengua, mofándose de nuestra simpleza que nos impide ver los espacios intermedios, burlándose de los clichés sobre los que algunos nos apoyamos en el intento de simplificar el mundo y dividirlo en dos bandos enfrentados.

La fotografía es, así, un agujero a través del cual atisbamos una visión fascinante de la realidad, pero es un agujero trampa, que oculta más de lo que muestra.
“Basta con una breve señal para entender el aviso”, según dijo el poeta Buhturi en otro contexto diferente. La idea en este caso no es lo que dice la imagen, sino aquello que esconde y aquello que calla y oculta el humo del incendio.

El portador de la pizarra de madera permanecerá atrapado por la cámara en un tiempo muerto que nunca avanza. Seguirá insistiendo en ocultar su rostro con la mano, protegido por una ambigüedad a la que favorece la naturaleza del momento actual. Seguirá insistiendo en ocultar su rostro con la mano, protegido por una ambigüedad a la que favorece la naturaleza del momento actual.
Mientras tanto, nosotros observamos un mundo momificado en un álbum de fotos que se nos escapan de pronto y se adentran en la confusión y el enigma.



Publicado en Al Modon  •  27 Feb 2013 • Traducción del árabe:  Belén Fernández Escudero / Ilya U. Topper

Via: m'sur