Friday, July 4, 2014

La montaña Esmeralda 2



Mansoura Ez Eldin 



El magnetismo de los cuerpos


Como un niño construyendo un castillo de arena para después derribarlo y festejar así la capacidad de hacer y deshacer, yo, a mi vez, creo mundos y los hago desaparecer.

La carretera, poblada de árboles de alcanfor a ambos lados, apenas era más ancha que el coche. Parecía no acabar nunca. Sobre todo porque los árboles daban unas sombras tenues y me sentía, además, perdida entre los huertos de naranjos que se extendían detrás de aquella oscuridad. Por un instante llegué a sentir angustia aunque me fui calmando al darme cuenta de que ya no había vuelta atrás.
Me preguntaba qué tipo de persona se hace una casa en medio de unos huertos que ocupan cincuenta faddanes, en un lugar medio abandonado y sin siquiera un camino abierto para facilitar la llegada.
Para relajarme comencé a pensar en la infancia, recordando aquellos viajes a Shiraz con mi padre. El visitar la ciudad me producía la sensación de andar por una tierra mágica. Me sentía bañada en una profunda paz interior. Mi padre se pasaba sentado horas y horas ante la tumba de Sadi  inmerso en sus contemplaciones,  mirando siempre hacia un punto imaginario. Y yo le imitaba, como si a mi vez me estuviera preparando para el silencio. La sentencia del imán Ali resuena en mi cabeza: “Crees que has cometido un pequeño delito pero en ti había un gran mundo”. Me sumerjo más en mi misma y me esfuerzo en no desconectar de lo que me rodea.
Sin embargo, mientras conduzco mi coche en medio de unos huertos que parece que me van a tragar, voy sofocando los sentimientos de debilidad. Me veo como un pequeño delito luchando para que no sea acusado por ese torrencial de vegetación. No hay ningún sonido humano. Nada salvo el cante agudo, casi metálico, de los pájaros y el zumbido de las abejas disputándose el néctar del azahar de los naranjos, cuyo aroma lo impregna todo.
Desde lejos se divisa la casa, hecha de piedra vieja, como un castillo en miniatura que da la espalda al tiempo. El camino se ensancha hasta terminar en un espacio rectangular de tierra con la casa en medio rodeada de muros altos. Aparco el coche, me dirijo hacia el portón de hierro y me quedo delante dudando. Antes de apretar el timbre me abre la puerta el anfitrión. Supongo que habrá una pantalla de vigilancia donde puede ver lo que pasa fuera de su fortaleza de piedra.
Me lleva hacia el interior a través de un pasadizo serpenteado. Llegamos a un gran patio en el centro de la casa a modo de jardín interior, con los vestíbulos principales distribuidos alrededor, como en las casas árabes antiguas.
- “Ponte cómoda. En unos minutos vuelvo”.
Me siento en el borde de la fuente que hay en el centro del patio. Mis oídos se relajan con el sonido del agua y mis ojos se fijan en los jazmines indios y las flores resplandecientes de las buganvillas. Me doy cuenta de que ha plantado más de una buganvilla abriendo el camino para que se superpongan los diferentes colores, para que al final parezca como si fuera un único árbol donde se mezclan el blanco con el violeta, el rosa y el rojo.
El olor a azahar colándose desde los huertos cercanos seguía llenando mi olfato y por encima de mí lucía un cielo incomprensiblemente claro en contraste con la sombría atmósfera del estrecho camino.
El anfitrión volvió con dos latas de cerveza Stella. Me dio una y bebió un sorbo de la otra. Me acerqué a una puerta que me indicó y entramos en una estancia con poca luz debido a las cortinas echadas de terciopelo. Había diez personas sentadas sobre una alfombra de piel, inmersos en una discusión que les impedía darse cuenta de que estábamos allí. Él se unió a la conversación y me insinuó que siguiera su ejemplo.
Me molestaba no poder verles las caras con claridad. Me vi fuera de lugar hasta que el dueño de la casa se puso a leer en voz alta lo que decía ser el origen por el que le vino la  inspiración para el relato La ciudad de cobre. Los allí presentes escucharon con una seriedad exagerada y cuando terminó, uno de ellos comenzó a narrar de memoria un pasaje de la historia de Hassan Al Basri, aquel en el que Al Basri viaja a las islas Waq Waq para recuperar a su esposa Manar Al Sana. Cuando acabó, empezaron a debatir sobre las influencias religiosas en los relatos de Hasib Karim Al Din y Simbad el Marino. Uno de ellos puso punto y final al episodio hablando sobre lo que se conoce como el “espíritu del profeta Salomón como padre dominador de las noches”. Fue agradable para mí escucharlos mientras mi mente funcionaba  como una grabadora, recogiendo lo que me parecía interesante.
Una vez acabó la reunión, todos abandonaron el lugar. El anfitrión salió a despedirse y me pidió que le esperara. Corrí las cortinas para que se colara en la habitación la tímida luz de la puesta de sol. Pude apreciar la decoración de los mosaicos y los sofás de tela de seda. Vislumbré inscripciones en relieve en el techo que parecían talismanes y que le daban un matiz fantástico al lugar. Una cinta esculpida los enmarcaba con una inscripción en letra árabe kufí que decía: “Soy una gota de lluvia caída de una copiosa nube. Es sabido que me disolveré en la tierra, mezclándome con ella, produciendo lo que he dejado atrás”. Fijé la vista en la oración y visioné una lluvia precipitándose en bosques, mares y desiertos.
La unión a aquella élite había supuesto un gran paso en mi formación pero mis ansias por saber y el largo viaje no conseguían que estuviera satisfecha. En relativamente poco tiempo me había sido fácil, con ayuda del profesor, profundizar en mis conocimientos. Habíamos participado en más de un congreso internacional juntos y logramos animar a un gran público para que participaran en Las mil y una noches. Alargábamos con facilidad el hilo de la conversación sobre cualquier asunto sacado a debate. La invitación para asistir a los encuentros de su grupo “Derviches de las noches” era cuestión de tiempo. Él era ex profesor en la Universidad de Leiden y estaba obsesionado con la idea del texto original de Las mil y una noches. Soñaba con eliminar los añadidos del libro por los traductores e incluso consideraba que se habían falsificado relatos para menospreciar la obra. Casi se sabía de memoria párrafos enteros de la edición de “Muhsin Mahdi”. Me escuchaba con esmero cuando hablaba sobre mi interés por una de las historias añadidas. De entre mis muchas investigaciones le llamó la atención un pequeño estudio sobre las representaciones de las montañas en el fantástico libro.
“Unos comentarios muy dignos de interés”, dijo, con una media sonrisa, conservando su economía lingüística y su aversión a los cumplidos y halagos. Supe que era el máximo elogio que le podía decir a alguien. Quizá por aquel motivo, me invitó a aquella casa situada en medio de campos de frutales. Me dijo que allí me esperaba una sorpresa y supe que estaba a punto de pertenecer a su club exclusivo.
Mientras le espero salgo de la habitación al patio. Me siento de nuevo en el borde de la fuente fijándome en las celosías y tragaluces de madera de Bagdad que están trabajados con mucho estilo.
No me di cuenta de que había vuelto hasta que me tocó el hombro con la mano y dijo con encanto infantil:
- ¿Qué piensas de la casa? Se parece a una que vi en Damasco.
Casi me burlo de la paradoja. Aquel que siempre estaba obsesionado con lo original se enorgullecía de una imitación, de una modificación del original. No obstante, me callé para quedar bien y por respeto a una casa diseñada a la perfección.
- Una maravilla - respondí con entusiasmo-.
Lo cierto es que no tenía ganas de andarme con rodeos, así que le pregunté sin  evasivas si conocía el relato de Nursin y la Reina de las Serpientes. Le resumí la historia y me dijo que tenía más de una versión pero que no podía decir con seguridad cuál era la más exacta.
***
Nursin nació en una ciudad llamada Yulistán, situada entre montañas cubiertas de plantas de un verdor resplandeciente y a orillas de un mar continuamente enloquecido.  Su padre era un gran sabio que le regaló una biblioteca llena de libros de medicina, astronomía y crónicas de los diferentes confines. Creció sin imaginarse otro lugar en el que vivir. Jamás se le vino a la cabeza que el destino le hubiera escrito en la frente que se iría a un lugar que ni siquiera se imaginaba que existiera de verdad.
En Yulistán, donde pasó su infancia y adolescencia, tan solo ella  y unos pocos, que se podían contar con los dedos de la mano, sabían de la montaña Qaf y conocían algunos de los secretos que guardaba. No estaban seguros de su verdadera existencia. Se imaginaban que Qaf estaba en el mundo de lo irreal.
Además de aquel privilegiado grupo había muchos que solo habían oído hablar de la montaña mágica como la peor de todas las amenazas, la de ser llevados a lo que hay detrás de Qaf. Aunque nunca nadie estaba convencido de la existencia de aquella forma hecha de esmeraldas, aunque los relatos contados se recopilaban durante años a pesar de la lejanía del lugar, el nombre de Qaf se mantuvo como una fuente de temor para quien escuchara algo sobre ella. La mayoría era incapaz de imaginarse una montaña en cuyo final se terminaba el mundo y empezaba el más allá, una montaña detrás de la cual había setenta tierras de oro, setenta de plata y setenta de almizcle.
De adolescente, Nursin escuchaba a su padre hablar con sus amigos sobre Qaf. Su padre solía afirmar que no era un lugar real sino la esencia de una realidad difícil de alcanzar.
- En el imposible camino a Qaf, todo puede ocurrir. ¡Cuántos barcos se perdieron! ¡Cuántas embarcaciones desaparecieron! ¡Cuántos viajeros perdieron la cordura soñando con la montaña verde que rodea el mundo y limita con la línea del horizonte! Ochenta parasangas la distancian del cielo. Qaf guarda el secreto de nuestra existencia y quien la conoce es como una concha que guarda una valiosa perla.
Nursín lo oyó varias veces e imaginaba un mar de perlas que le cautivaba la vista. Le gustaba memorizar poesía y leía todo lo que caía en sus manos. Insistía en escuchar las discusiones periódicas en la sala de invitados de su casa tratando de seguir las opiniones lanzadas al aire. Sin embargo, eso también le traería momentos de congoja ya que su padre decidió prohibirle asistir a los debates añadiendo que se había hecho mayor y no era conveniente que se sentara con gente extraña a la familia. Nursin se negó a así que se dedicó a espiar las reuniones por detrás de la cortina y durante las tardes viajaba, por medio de las palabras escuchadas, a mundos situados más allá de las paredes de la casa y de los límites de la ciudad.
Un invierno Yulistán sufrió una gran sequía que dejó vacíos los graneros. El rey Yaqut pudo verlo con sus propios ojos en uno de sus raros paseos sobre el ave Fénix. Ella estaba en el oasis apoyada en una pared frente a su casa cuando él la vio por primera vez. Le pareció que era la criatura más bonita jamás vista y decidió llevársela a Qaf costara lo que costara. Con solo un guiño del ave Fénix podía acortar la inmensa distancia entre Qaf y Yulistán, lo que le permitió acercarse cada día durante un mes  a la casa de Nursin sin que ella se diera cuenta. Se le presentó la oportunidad de llevársela cuando la joven salió a las calles con el resto del pueblo para invocar la caída de la lluvia. El gentío subió a la cima de una montaña frente a las puertas de la ciudad para rogarle al cielo. En voz baja cantaron sus ruegos y acabaron la ceremonia revolcándose en la tierra. Cientos de niños, mujeres y hombres se lanzaron rodando sobre la colina dejándose caer. Ella los acompañaba de pie sus bellos y suplicantes cánticos. Llamaban la atención su atractivo cuerpo y el pelo castaño moviéndose por el viento, su aspecto de dama bendiciendo a los devotos y saboreando su pleitesía. La hermosa joven levantó la cabeza hacia arriba con los ojos cerrados y con una sonrisa relajada dibujada en los labios. En ese momento el ave fantástica se le acercó y el brazo de Yaqut fue más rápido que su reacción. Estaba asustada. Cogida como si fuera una niña, el rey la sentó delante de él. Sus esfuerzos por escapar fueron inútiles.
Mientras tanto los allí presentes, inmersos en sus imploraciones no se dieron cuenta hasta que no escucharon el tercer grito. Quienes miraron primero vieron un fuerte brazo levantando al aire a la hija de su ciudad. Los que tardaron en saber lo que pasaba, solo pudieron ver dos alas gigantes de color violeta a punto de desaparecer en el horizonte. Nadie les creía cuando juraban que un hombre encima de aquel pájaro raptó a Nursin llevándosela volando a quién sabe dónde.
Después vino el diluvio que duró una semana. Los habitantes de la ciudad decían que la hija del gran sabio había sido el sacrificio por la llegada de una lluvia nunca antes vista. Su padre no dejó ni un solo lugar de Yulistan y alrededores sin recorrer en su búsqueda. Desesperado optó por sumergirse en los manuscritos de su biblioteca para ver si quizás podía encontrar en ellos una explicación racional a lo ocurrido. Así que siguió buscándola hasta que murió atormentado.
En cuanto a Nursin, poco tiempo después de estar volando se vio encima de una enorme montaña hecha de esmeralda pulida, con la parte central de rubí y lagunas de plata líquida que reflejaban durante el día los rayos del sol, cuyos destellos danzaban sobre la superficie impidiendo ver con claridad. Por la noche, la luz de la luna se reflejaba sobre aquellas lagunas, convirtiéndose en un espejo de cristal donde la propia luna se miraba como si fuera un narciso luminoso.
La joven intentó huir varias veces. No se creía que su ciudad estuviera situada a años de distancia. Lloró durante semanas y dejó de comer hasta casi morir. Las mujeres de la casa le dijeron que La montaña Esmeralda era el lugar más aislado del mundo. ¿Cómo no iba ser así, si la Reina de las Serpientes se enroscaba en la montaña como si la estuviera estrangulando? Una serpiente sin igual que protegía el lugar de la intromisión de cualquiera y que prohibía salir a sus habitantes manteniéndolos encerrados en una cárcel de preciosa esmeralda.
No es el caso del rey Yaqut, quien acompañado de genios y aves salvajes, viaja a montañas y lugares inalcanzables a punto de desaparecer. Con el ave Fénix puede volar de un sitio a otro saltándose recorridos de muchas épocas en tan solo unos instantes.
Nursin se rindió poco a poco a su destino con la esperanza de que algún día cambiaría. Cada vez que añoraba su vida anterior pensaba en el Fénix que descansaba en su nido protector, esperando que nadie se atreviera a molestar su calma. Se imaginaba con aquella fantástica ave, volando a su país y recordaba su intenso color púrpura. Pensaba que aquella era a la vez su única opción y destino final.
Cuando se notó embarazada empezó a tratar por primera vez en su vida con el rey Yaqut. Era algo a lo que necesariamente se tenía que acostumbrar. No sabía prácticamente nada sobre él ni de su mundo. Le pasaba lo contrario a cuando vivía en Yulistán, cuando solamente deseaba saberlo todo sobre Qaf. Ahora que era dueña de su trono no tenía interés ni curiosidad por saber.
Desconocía de dónde venía Yaqut, cómo se convirtió en rey de todas las montañas y piedras preciosas y por qué eligió vivir en aquella ciudad suspendida de montaña tan famosa.
Sabía que entre todas las piedras se enamoró de la esmeralda. No le extrañó porque era lo único que veía a su alrededor. Una vez le contó a Nursin, mientras contemplaba la pared esmeralda de su palacio, que él vio en ese verdor gradual el color complementario al rojo del rubí, que era lo que significaba su nombre. A propósito, ella le respondió: “Entonces, será llamado Esmeralda sea una niña o un varón. Deseo que tenga parte de la belleza y del secreto de Esmeralda pues como bien sabes -Dios te salve- el nombre marca nuestro destino”.
Yaqut estaba ilusionado y esperaba que el recién nacido fuera una niña con ojos  resplandecientes como esmeraldas, verdes como la montaña Qaf. Al cabo de unos meses Esmeralda vino al mundo como un delicado ángel de brillantes ojos y rasgos cautivadores. Era una niña tranquila que apenas lloraba. Su madre la acostaba en la cama boca arriba y ella contemplaba el techo como si ya fuera una sabia filósofa.
Parecía haber nacido con una gran sabiduría a pesar de su silencio. Al principio el rey pensaba que era muda porque hasta los diez años no pronunció una sola palabra. Solamente sostenía la mirada con ojos sonrientes y relajados.
A los siete años, y por insistencia de su madre, el rey encomendó al mejor sabio y filósofo de Qaf la tarea de enseñarla las letras y sembrar en ella las semillas de la sabiduría. El hombre a pesar de sus dudas se alargaba en explicaciones sin confiar en que la niña comprendiera lo que decía o que tan siquiera le escuchara. Ella le miraba sin hablar y él tuvo que seguir enseñándola sin esperar a que ella le dijera nada. La hablaba sobre filosofía, los orígenes de la medicina, el álgebra y la astronomía, sobre los lejanos reinos de la India y Sind, sobre lo que hay detrás del mar de las oscuridades y sobre los rocs, los pájaros legendarios que volaban continuamente por encima de ciudades tan lejanas que eran imposibles de alcanzar, por un cielo negruzco paralelo al cielo natural. También le hablaba sobre los viajeros que buscaban los horizontes indiferentes a los peligros y sobre las piedras preciosas y las montañas que ocupaban enormes distancias del reino de Yaqut separadas entre sí por mares y océanos sin fin.
Dibujó, para ella, la geografía de la Montaña del Diamante rodeada por el Valle de Serpientes. Allí, los mercaderes acostumbraban a sacrificar un animal lanzándolo a las profundidades del valle de manera que los diamantes se adheríana la carne caliente. Después los buitres carroñeros se la llevaban a la cima y los mercaderes los asustaban para poder  recoger rápido las preciadas gemas.
El sabio, además, le explicó con detalle todo lo que debía saber sobre la Montaña de la Nube, se llamaba así porque  su cima casi tocaba las nubes. En aquel lugar vivían las siete hijas del rey de los genios, en un palacio inaccesible a los humanos.
Le hizo escuchar relatos que seducen al corazón, relatos sobre los genios que capturó el rey Salomón en frasquitos de metal mágicos sellados con cobre, dejándolos presos hasta morir.
Desde los siete a los diez años el maestro le había transmitido un enorme conocimiento y le había contado infinidad de relatos. Sin embargo, cayó en la pesadilla de la desesperación al sentir que lo que hacía era papel mojado, malgastando su preciado tiempo con un ser extremadamente hermoso pero que no entendía casi nada pese a la inteligencia y hechicera brillantez de sus ojos.
El día de su décimo cumpleaños, mientras le explicaba el Código de Hammurabi, y después de enseñarle los secretos del faraón Ptahhotep, la geografía de la Montaña del Magnetismo y su maldición fulminante, la desesperación del sabio llegó a sus límites. Decidió   poner punto y final a su enseñanza, acabar de una vez por todas con los intentos de enseñar a aquel callado ser de la realeza.  No se preocupó por las consecuencias que podía traer consigo su decisión pero se arrepintió de haber traicionado a su firme convencimiento de que era inútil enseñar a las mujeres.
La miraba con decepción mientras ella comprendía lo que él estaba pensando. A la pequeña no le quedo más remedio que dejar de fingir y abandonar el mundo de silencio pronunciando sus primeras palabras:
- Mi señor y maestro, tu esfuerzo no ha sido en vano y llegará un día en que te convencerás de ello.
Su voz era segura, firme y amable. Como si hubiera estado ensayando aquella oración durante cientos de años para dejar asombrado al mismísimo sabio. El hombre abandonó la  compostura, se puso a gritar de alegría y corrió a contárselo al rey. Su hija no era totalmente muda como todo el reino se imaginaba.
Desde aquel día Esmeralda siguió hablando con aquella voz de timbre agudo imposible de olvidar. Se consagró al aprendizaje con una avidez que el maestro jamás vio en ninguno de sus discípulos, como si con ello deseara compensar los años de silencio. Observó su interés por el mundo fuera de las fronteras de Qaf, preguntando siempre por los reinos más lejanos como si hubiera heredado de su madre la obsesión por salir de allí. Estaba sedienta de relatos, de beber de sus maravillas y misterios. Buscó una explicación una y otra vez a los genios encerrados en los frasquitos de Salomón, a cómo utilizarlos, a la hierba de la inmortalidad y la manera de conseguirla. También se dedicó a estudiar la posibilidad de dominar a la Montaña del Magnetismo y de someter a las piedras plateadas de la locura.
El sabio trató de evitar su obsesión por los misterios pero su primera pasión eran las cosas sobrenaturales. De su mano estudió ciencias y matemáticas pero todo su ser estaba inmerso en la imaginación y los mundos de las tentaciones.
***
El nacimiento de Esmeralda supuso un cambio en la vida de Nursin y el contacto con la vida en Qaf. La pequeña se convirtió en su segundo país. Durante sus primeros años de vida, la contemplaba horas y horas, suplicando que mencionara aunque solo fuera una palabra. Cuando a los diez años rompió a hablar, casi enloquece de alegría.
Desde ese momento parecía como si la madre hubiera olvidado la añoranza por su lugar de origen y el exilio forzoso a un país que no le despertaba ningún interés. Sin embargo se apoderó de ella una nostalgia enfermiza justo el último año antes de su desaparición. Las callejuelas de su ciudad se le aparecían en sueños. Veía los caminos, las plazas y los barrios como si estuvieran vacíos, sin vida, sin gente ni animales, habiendo solo edificios y árboles. Después le venía el espíritu de un gigante vestido de oscuro, dando zancadas por caminos, un gigante que se resistía a abandonar sus sueños. Ella lo seguía, caminaba tras él casi todas las noches atravesando senderos sin fin y convencida de que sería él quien le marcaría el camino de vuelta.
Se apoderaba de ella el miedo una noche tras otra, cuando el gigante cruzaba ciudades vacías. Aquel espíritu se rendía al encanto de mirar las luces reflejadas sobre enormes cúpulas de cristal. Él se quedó sin aire subiendo las escaleras de una negrísima montaña, amenazando a cada paso con una resonante caída. Ella se ahogaba tratando de reunir fuerzas para  ascender la montaña y se encontró a si misma en la cima escuchando la voz de su padre como si estuviera leyendo un libro:
- “En la distancia sin fin entre la Montaña del Magnetismo y Qaf se esconden los secretos y misterios de la existencia”.
Cuántas veces la Montaña del Magnetismo acechaba a viajeros y aventureros. El negro magnetismo atraía los tornillos y el hierro de los barcos, los metales salían disparados al aire separándose de la madera. Los barcos quedaban desarmados, en pedazos, y los tripulantes, salvo los que sabían y tenían fuerzas para nadar, se ahogaban. Solo unos pocos llegaban a las escaleras que conducen a la cima donde están los rocs, gigantescas aves. Desde allí  observan el camino recién subido mientras la tierra les sacudía con violencia.
Sobre la Montaña del Magnetismo el color negro es aún más oscuro y se expande como si cubriera el universo. Un negro intenso que impide ver y obliga a afinar la vista como si se cayera bajo los efectos de un hechizo incurable, sin volver a verse el azul del cielo o el ilusorio azul del mar. Entonces desaparece el verde de los árboles, el blanco de las nubes y el anaranjado de la niebla.
Pero el hechizado por el color negro del magnetismo no tiene por qué estar triste. Este embrujo es menos grave que el de las brillantes piedras de plata de blanco intenso esparcidas por entre el magnetismo negro. Si bien éste magnetiza los metales, las piedras de plata magnetizan a las personas. Quienes miran las piedras plateadas no  pueden alejarse de ellas. Los pies van involuntariamente hacia la plata, se quedan pegados y sus dueños se sumergen en una risa sin fin que les lleva a las profundidades de la locura. Es una locura de plata  diferente a cualquiera otra pues se convierte en un ataque de risa que acaba con la muerte.
La reina Nursin no contó los sueños a nadie. Tampoco hizo mención al gigante que llegó a ver como un compañero de camino. No sabía hasta qué punto acabaría con ella. Con el tiempo los sueños fueron más reales. Siempre interpretaba que aquel hombre se la llevaría de vuelta a casa de su padre. Después empezó a tener una nueva obsesión: la locura de las piedras de plata de la Montaña del Magnetismo. Era una obsesión que se le aparecía frecuentemente en los sueños y cuando se despertaba, no podía pensar en otra cosa. Por ello, se preguntaba si acaso estaba hechizada en la distancia. El miedo a volverse loca se apoderó de ella. Sin embargo y aunque lo deseaba, no se resistió.
En un sueño revelador se vio a si misma en los confines de la Montaña Esmeralda, en concreto delante del sicómoro, árbol habitado por la Reina de las Serpientes. Esperó mucho tiempo antes de escuchar una voz que venía de la cavidad interior del tronco anunciándole que su deseo estaba a punto de cumplirse.
Cuando Nursin desapareció, Esmeralda tenía quince años. La joven hizo esfuerzos desesperados porque su padre le revelara el secreto de la desaparición pero sus pocas palabras no eran más que intenciones de crear confusión.
Aunque el nombre de Nursin se convirtió en tabú el viento susurró a la joven la relación de lo ocurrido con la Reina de las Serpientes y la Montaña del Magnetismo. Las sirvientas por su parte, le confesaron que a la reina se la vio por última vez en el árbol de la serpiente guardiana.
Aquel mismo año el rey llevó por vez primera a Esmeralda ante el nido del ave Fénix para ver si dejaba de estar triste. Hizo que se familiarizara con ella y aprendiera a montarla y dominarla, le dijo que iba a ser su medio para viajar y conocer el mundo una vez cumpliera los veintiún años y la advirtió mucho sobre la necesidad de cumplir esa ley sagrada y de no partir con antelación y ella le juró obediencia.
Como primer destino tenía en mente la Montaña del Magnetismo. Pisaría su suelo sin contar con los peligros que pudiera haber. Aparecía el espíritu de su madre dando vueltas entre senderos y laderas en sueños reveladores. Llegó a convertirse en una torturadora obsesión. ¡Cuántas veces soñó Esmeralda con cruzar el mundo sobre el ave Fénix!
¡Se le hacían tan lejos los veintiún años! ¡Deseaba tanto que el tiempo pasara deprisa. Cuanto más se impacientaba, más sentía que había posibilidad de encontrarla. Creía que se encontraba perdida en las oscuridades de la Montaña del Magnetismo debido a la malicia de la Reina de las Serpientes, guardiana de Qaf y de su aislamiento.
El gran maestro descubrió que Esmeralda pensaba que la serpiente gigante prohibía salir a las gentes de la montaña y por ello deseaba matarla. Con gran temor y para su sorpresa, la informó de que la serpiente no hacía sino protegerlos y preservarlos del peligro de desintegración y desaparición. Le confesó que nunca había hecho daño a nadie. Solamente se enroscaba a la montaña como una madre cariñosa y cuando hibernaba se refugiaba en su cueva particular. Le dijo que el aislamiento de Qaf era   predestinado y no tenía que ver con ninguna criatura. La princesa, callada, aceptó sus palabras.

 Pasado un tiempo el sabio pensó que Esmeralda  se había olvidado del asunto pues ella nunca volvió a mencionarlo. Pero lo que ocurrió fue que, por entonces, ya había empezado, sin ella saberlo, el camino de hoguera.  

The second chapter of my novel "Emerald Mountain" translated into Spanish by: Eva Chavez Hernandez.

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